La primera vez que lo vi
me pareció extraño.
Había una cámara
en cada esquina.
Le pregunté a mi madre.
—Es normal.
Seguí caminando.
Al día siguiente
había una nueva regla.
No podíamos sentarnos
en ciertas bancas.
Nadie sabía por qué.
—Es normal.
Después pusieron pantallas
en las calles.
Mostraban nombres.
A veces fotografías.
A veces números.
Pregunté qué significaban.
—No importa.
Seguí caminando.
Con el tiempo
dejé de preguntar.
Era más fácil.
Cuando alguien discutía
con un desconocido,
nadie intervenía.
Cuando alguien lloraba
en la calle,
todos seguían caminando.
Cuando alguien desaparecía
de un día para otro,
su lugar quedaba vacío.
Y nadie preguntaba.
Era normal.
Un día llegué a casa
y encontré una puerta
que nunca había visto.
Estaba en medio del pasillo.
Pregunté:
—¿Siempre estuvo ahí?
Mi madre me miró.
—Sí.
La abrí.
Había otra habitación.
Luego otra puerta.
Y otra.
Todas iguales.
Todas cerradas.
—¿Qué hay ahí?
Mi madre sonrió.
—No importa.
Cerré la puerta.
Con el tiempo
dejé de notar las cámaras.
Dejé de mirar las pantallas.
Dejé de preguntar
por los nombres que desaparecían.
Dejé de escuchar
cuando alguien pedía ayuda.
Y entonces comprendí algo.
No había sido de repente.
Nadie nos había obligado.
Simplemente habíamos visto
tantas cosas extrañas
durante tanto tiempo
que un día
dejamos de llamarlas extrañas.
Una mañana salí a la calle.
Había una multitud
reunida frente a un edificio.
Todos miraban en silencio.
Yo también.
Alguien preguntó:
—¿Qué está pasando?
Miré a mi alrededor.
Las cámaras.
Las pantallas.
Las puertas.
Los números.
Los rostros.
Todo estaba exactamente
como siempre.
Así que respondí:
—Nada.
Es normal.
Y seguí caminando.