Raul A

Normal

La primera vez que lo vi

me pareció extraño.

 

Había una cámara

en cada esquina.

 

Le pregunté a mi madre.

 

—Es normal.

 

Seguí caminando.

 

Al día siguiente

había una nueva regla.

 

No podíamos sentarnos

en ciertas bancas.

 

Nadie sabía por qué.

 

—Es normal.

 

Después pusieron pantallas

en las calles.

 

Mostraban nombres.

 

A veces fotografías.

 

A veces números.

 

Pregunté qué significaban.

 

—No importa.

 

Seguí caminando.

 

Con el tiempo

dejé de preguntar.

 

Era más fácil.

 

Cuando alguien discutía

con un desconocido,

nadie intervenía.

 

Cuando alguien lloraba

en la calle,

todos seguían caminando.

 

Cuando alguien desaparecía

de un día para otro,

 

su lugar quedaba vacío.

 

Y nadie preguntaba.

 

Era normal.

 

Un día llegué a casa

y encontré una puerta

que nunca había visto.

 

Estaba en medio del pasillo.

 

Pregunté:

 

—¿Siempre estuvo ahí?

 

Mi madre me miró.

 

—Sí.

 

La abrí.

 

Había otra habitación.

 

Luego otra puerta.

 

Y otra.

 

Todas iguales.

 

Todas cerradas.

 

—¿Qué hay ahí?

 

Mi madre sonrió.

 

—No importa.

 

Cerré la puerta.

 

Con el tiempo

dejé de notar las cámaras.

 

Dejé de mirar las pantallas.

 

Dejé de preguntar

por los nombres que desaparecían.

 

Dejé de escuchar

cuando alguien pedía ayuda.

 

Y entonces comprendí algo.

 

No había sido de repente.

 

Nadie nos había obligado.

 

Simplemente habíamos visto

tantas cosas extrañas

durante tanto tiempo

 

que un día

dejamos de llamarlas extrañas.

 

Una mañana salí a la calle.

 

Había una multitud

reunida frente a un edificio.

 

Todos miraban en silencio.

 

Yo también.

 

Alguien preguntó:

 

—¿Qué está pasando?

 

Miré a mi alrededor.

 

Las cámaras.

 

Las pantallas.

 

Las puertas.

 

Los números.

 

Los rostros.

 

Todo estaba exactamente

como siempre.

 

Así que respondí:

 

—Nada.

 

Es normal.

 

Y seguí caminando.