Escribo para mí.
El papel en blanco
no me exige explicaciones,
ni finales felices, solo verdad.
Hay días que tardo en empezar,
me quedo observando el silencio
como si pudiera responderme.
Pero el silencio no habla, solo espera.
Las palabras no siempre obedecen,
saben esconderse perfectamente
detrás del miedo,
y tengo que arrancarlas de mí
como quien arranca algo que aún duele.
No escribo para entenderlo todo,
escribo para no guardarlo dentro.
Ahí, en ese lugar, mientras escribo,
puedo admitir que a veces me pierdo,
que me rompo,
que no siempre sé por dónde empezar.
Y aunque no encuentre respuestas,
encuentro espacio.
A veces, con eso ya es suficiente.
Luego aparece alguien como tú,
lo que era caos encuentra un borde,
y aunque no arregle nada,
me recuerda
que vaciarme en cada poema
es como respirar
cuando todo lo demás asfixia.