Hay, entre tu piel
y la mía, una gelatina,
una mermelada
que te pega a mí,
pajarillo sin dueño
al que le pesan
unas alas marcadas.
Lloras el presidio,
mensajes de guásap,
acompaño tu drama,
mi amor te escuece
como a editor una errata;
tu príncipe azul
no es tan azul, descubres
en su cara mi cara,
que su traje de húsar
es mero atrezo,
que es de carne y hueso
y no de porcelana,
y sin dinero.
Lloras, lloraste esta mañana
—me confiesas—,
y sigues llorando; me alejo
para dar espacio
a tus lágrimas; espero
a que el aguacero amaine,
me llego hasta tu casa,
te arropo con mis palabras,
te hago dormir en mis brazos,
callada, en calma,
me espero a que te despiertes,
y me cuentas...