Mojando las siembras sobre el sable de la luz,
nace el adjetivo del ensueño
para conjugar el tímpano del aire en secreto,
la carnada de las horas: sus momentos frágiles;
pecado de germen hambriento
en llamas de espera,
se enreda contra la sangre de los truenos,
sus aguas bautismales balancean los espejos;
siembra obligada al éxtasis,
mientras el ruido del impulso gana sobriedad,
como la combustión de la metáfora:
la semilla que todo lo inventa.
Mientras tanto, las entrañas, alfa maternal,
embotellan las cosquillas del instinto,
se elevan en el frenético deseo
de manchas meteóricas y nocturnas
y cuartean el clamor hacia lo que retorna,
hacia el alero sin lenguaje de llovizna,
donde las cataplasmas de las ideas
van atrasadas por obediencia
y endurecen el paladar de la fruta
antes de que la incertidumbre
toque el yacimiento de lo que es:
apenas un silencio plantado,
chamuscado por el tiempo.
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2026
Ivette Urroz.
Ivette Mendoza Fajardo
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