Antonio Palacios

Caballero de la dulce pena

Yo me enamoro de una idea.

De un concepto preconcebido del amor,
de ese amor de cuentos
donde yo soy el caballero
en busca de su damisela.

De ser Don Quijote
cabalgando en busca de su Dulcinea,
sin preguntarme siquiera
si ella existe como la imagino
o si fui yo quien la inventó.

Quizá ese sea nuestro problema,
los poetas.

A veces somos los peores amantes,
porque idealizamos aquello
que más se transforma en la vida:

el corazón del hombre.

Construimos castillos con palabras,
dibujamos rostros con sueños
y terminamos enamorándonos
de una versión de alguien
que quizá nunca existió.

Y cuando la realidad aparece,
cuando la persona deja de ser poema
y comienza a ser humana,
con sus contradicciones,
sus defectos,
sus cambios y sus heridas,

nos preguntamos
por qué dejó de ser
aquella persona de la que nos enamoramos.

Tal vez nunca cambió.

Tal vez fuimos nosotros
quienes nos enamoramos
de una historia que escribimos
antes de conocer al personaje.

Zpalacios