JUSTO ALDÚ

EL PAÍS DONDE LOS MUERTOS TENÍAN FRIO

Imagen generada con IA

La mañana en que los muertos tuvieron frío, recibimos cartas escritas con una tinta que solo aparece cuando alguien recuerda aquello que nunca vivió. Llegaron dentro de los huevos, bajo la lengua de los ancianos y cosidas a las alas de los pájaros; todas decían: no abran las ventanas cuando el cielo empiece a respirar. A las siete y diecisiete, el firmamento inhaló y las casas se encogieron de vergüenza; después cayeron sobre los tejados dientes de leche pertenecientes a niños que aún no habían nacido. Mi vecino los sembró detrás de su casa y, al anochecer, brotaron doce árboles transparentes con mujeres dormidas entre las raíces. Una de ellas pronunció el nombre de mi madre, muerta hacía treinta años. Esa misma noche, un tren atravesó mi sala sin derribar las paredes. El último pasajero, sin rostro, dejó sobre la mesa una caja donde latía un invierno. La escondí bajo la almohada. Desde entonces sueño con una habitación que solo existe mientras duermo y donde mis muertos cenan con mis futuros cadáveres. Anoche, uno de ellos levantó la copa: tenía mis ojos y hablaba con la voz de una puerta. “Todavía no”, dijo. Al despertar comprendí que llevaba toda la noche amaneciendo dentro de mi pecho. Desde entonces escucho tres golpes junto al corazón. No abro. Sé que detrás de esa puerta está alguien que fui antes de nacer.

 

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