He rechazado la oferta
que me propone el camino
de dejar la puerta abierta
al derrotero divino.
No necesito que un santo
me sirva de cicerone
cada vez que me levanto
(y que su Dios me perdone).
Prefiero ser el piloto
que se caiga al derrapar
a los mandos de una moto
indetectable al radar.
Detrás solo me acompaña
el viento que voy dejando
quitándole las legañas
al yo que cambia de bando.
Como no tengo previsto
un destino al que llegar,
no me espera un anticristo,
ni quiero hacerlo esperar.
Ni siquiera creo que atienda
mis muchos interrogantes;
seguramente ya tenga
asuntos más importantes.
No quiero pasar el arco
del detector de metales
cada vez que piso el charco
de mis pecados mortales.