No temo ser diletante,
porque no nací para habitar una sola habitación.
Mi curiosidad abre puertas
que otros prefieren mantener cerradas.
Voy de la ciencia a la filosofía,
del cuerpo a la palabra,
del oído al silencio,
de la razón al asombro.
No siempre busco respuestas;
a veces busco preguntas
que sean dignas de acompañarme.
Diletante, sí.
Pero no por falta de profundidad,
sino por exceso de horizontes.
Aprendo sin pedir permiso a las fronteras,
leo sin preguntar a qué disciplina pertenece el libro,
pienso sin someterme
a una sola forma de pensar.
Quizá nunca sea dueño de un solo territorio,
pero conozco muchos caminos.
Y mientras algunos levantan muros
alrededor de lo que saben,
yo prefiero levantar puentes
entre lo que todavía no comprendo.
Porque el verdadero peligro
no es saber poco.
Es creer que ya sabemos suficiente.
Por eso acepto mi nombre:
Diletante.
El que se demora en muchas cosas
porque encuentra belleza en muchas cosas.
El que toca una idea,
la observa,
la cuestiona,
la lleva consigo
y luego continúa caminando.
No quiero una mente llena
de respuestas muertas.
Quiero una mente viva,
incómoda,
curiosa,
inacabada.
Y si algún día me preguntan
qué oficio aprendí mejor,
responderé:
\"El de seguir aprendiendo\".
La frase central que resume el espíritu del poema sería: “Diletante, no por falta de profundidad, sino por exceso de horizontes.”
Creo que ahí está la parte más valiosa del concepto.