Ricardo Castillo.

Pequeña crónica de una tarde

Pequeña crónica de una tarde

No bastarán los relojes de arena
ni los cristales de cuarzo
ni mi desconcierto,
en cuyo silencio
germina la palabra en mi boca.

Ni todos los calendarios del mundo
impedirán que nuestros rostros
se encuentren frente a frente
sin posibilidad de retirada;
ni las estrellas muertas
que todavía incendian la noche.

No bastarán dos mil años
para decir Cristo,
Antígona,
Ulises,
Magdalena;

ni las noches solitarias en mi alcoba,
hilando este y otros versos;

ni todas las tardes
cuando ya no es posible regresar
y ha pasado el colectivo
y las paradas quedaron vacías;

ni el sorbo de vino
en la mala caligrafía del poema,
ni su incoherencia.

No bastará la herida
que abre tu boca
en las madrugadas
bajo el dolor de tu mano;
ni el grito
ni la lengua
ni el espasmo
de estos versos afiebrados,

ni el botín de guerra
en la noche de los generales
antes de huir
de su incendiario;

ni el manto babilónico,
ni las doscientas monedas de plata,
ni el lingote de oro
bajo la tienda de Acán.

Siempre habremos de hablar
con el asombro,
el dolor
y la belleza de los muertos
que regresan esta noche
a sentarse a nuestra mesa.

No basta el agua para la sed
ni la comida caliente para el hambre
ni la paz
ni la guerra,

ni las luchas por medio pan
ni el galope de estos versos
sin dirección,

ni el polen que levanta el viento
al final de la primavera
ni este invierno forastero
que deja caer su lluvia
sobre Lima,

ni el gesto indiferente
de dar la espalda
y mirar hacia otro lado.

Tampoco bastan los corazones rotos
ni las ciudades caídas
en las noches del exceso;

ni la bomba de hidrógeno
ni todas las epidemias
que han venido
y que vendrán.

Díganles a sus hijos
que ya no hay escapatoria
para lo inevitable,
que es hora de andar
en lo invisible.

Cántenles canciones de cuna
porque es hora de dormir
y urgente el abrazo
y el poema.

Es tiempo
de que hablen las heridas.

Abran los asilos
y los manicomios;
dejen de amordazar
la otra lengua:

las palabras cortadas
sin el filo,
forzadas por el lomo
de la daga.

Saquen las mecedoras
a los pórticos vacíos.

Siéntense
y dejen los ojos
sobre las mesas.

Deformen lo dicho,
lo escrito,
lo dibujado;
denle otra forma
sin esperar el halago
de los inmutables
y los insensibles.

Recordad esta tarde:
el sol haciendo brotar palabras
como mariposas entre los labios;
este y aquel acantilado
al borde de la ciudad,
desbordados de bugambilias;
y la voz metálica del tren
rayando la piel de la distancia
y una sirena de ambulancia
augurando la muerte;

y vos sonriéndome
mientras se encienden
las luces de los bares,
la noche con sus máscaras
y el mundo se deshace
como cartón mojado.

Y yo huyéndote
como quien va a cultivar el trigo
para el pan
y a cosechar la uva
para el vino,

pensando que habrá otro día,
que no moriré en noviembre,

que no es jueves,
que tampoco llueve,
que no es el norte
ni el sur,
ni Berlín en diciembre,

sino Managua,
furiosa de agosto,
con los adoquines calientes
sobre el puerto Salvador Allende
y los zanates ardiendo
de buen morir
entre las ramas del tigüilote,

mientras remo
siglos atrás,
largo, muy largo del olvido.

Ricardo Castillo
De: Textos redescubiertos, 2022
Imagen: Managua Nicaragua, por Jose Salazar Vega