Descargué la aplicación
porque todos la tenían.
Era gratis.
Eso decía.
Abrí la cuenta.
Nombre.
Edad.
Correo.
Contraseña.
Después aparecieron los permisos.
Acceder a la cámara.
Acepté.
Acceder al micrófono.
Acepté.
Acceder a la ubicación.
Acepté.
Personalizar tu experiencia.
Acepté.
No leí nada.
Nunca lo hago.
La aplicación empezó a funcionar
como cualquier otra.
Al día siguiente
me mostró un anuncio
de unos zapatos que había visto
en una tienda.
Qué coincidencia.
Después apareció una publicidad
sobre algo que había hablado
con un amigo.
Otra coincidencia.
Luego empezaron a aparecer cosas
que nunca había buscado.
Lugares donde había estado.
Personas que conocía.
Cosas que me gustaban.
Cosas que no le había contado a nadie.
Me pareció raro.
Así que revisé la configuración.
Había muchas opciones.
Privacidad.
Datos.
Permisos.
Historial.
No entendí casi nada.
Cerré la aplicación.
Al día siguiente
apareció una notificación.
“Hemos actualizado nuestros términos.”
Abajo había un botón:
ACEPTAR
Lo presioné.
Seguí con mi día.
Una semana después
la aplicación empezó a recomendarme
cosas que todavía no había hecho.
Un restaurante al que pensaba ir.
Una película que quería ver.
Un regalo que todavía no había comprado.
Pensé que era casualidad.
Hasta que apareció algo diferente.
Una fotografía.
Era mi habitación.
La reconocí inmediatamente.
Pero yo nunca había tomado esa foto.
La cerré.
Volví a abrirla.
Ya no estaba.
Pensé que había sido un error.
Entonces llegó otra notificación.
“Gracias por permitirnos conocerte mejor.”
Debajo decía:
“Ahora sabemos lo suficiente.”
Desinstalé la aplicación.
Por fin.
Apagué el teléfono.
Me fui a dormir.
A la mañana siguiente
encendí el celular.
Había una notificación.
No venía de ninguna aplicación.
Decía:
“¿Seguro que quieres dejar de compartir?”
Debajo había dos opciones.
CANCELAR
ACEPTAR
Me quedé mirando la pantalla.
No había instalado nada nuevo.
No había abierto ninguna cuenta.
No había dado ningún permiso.
Y entonces recordé algo.
La primera vez que apareció aquella pantalla
yo había presionado:
ACEPTO.
Y nunca había preguntado
qué estaba aceptando.