LA TIERRA QUE NOS NOMBRA
Hay una hora en que la tierra despierta
sin preguntar nuestros nombres,
y el día entra lentamente
por las rendijas del mundo.
Entonces la ciudad abre sus ojos,
el campesino levanta la puerta de su casa,
una mujer enciende el fuego,
un niño persigue con sus zapatos
la primera claridad de la mañana.
Nadie sabe todavía
qué dolores traerá la jornada,
qué carta llegará a nuestras manos,
qué abrazo faltará esta noche,
qué esperanza, pequeña como una semilla,
habrá de sobrevivir debajo de la tristeza.
Pero seguimos.
Porque la vida no conoce otro camino
que el de levantarse.
Somos millones de manos
tocando la misma materia del mundo:
manos que escriben,
que construyen,
que siembran,
que curan,
que barren las calles,
que amasan el pan
y regresan cansadas al hogar.
Hay manos que sostienen libros
y manos que sostienen martillos.
Manos que dibujan fórmulas sobre una pizarra
y manos que conocen la tierra
por el peso de sus cosechas.
Ninguna mano es pequeña
cuando sostiene la vida de otro.
Por eso la tierra nos pertenece
solamente en el instante
en que comprendemos
que también nosotros pertenecemos a ella.
El río no pregunta
quién merece beber de su corriente.
La lluvia no elige
sobre qué techo dejar su música.
El viento atraviesa las fronteras
como si nunca hubieran existido.
Y quizá allí,
en esa antigua sabiduría de la naturaleza,
esté escondida nuestra lección:
nadie respira por separado.
Tu respiración entra en el mundo
y el mundo vuelve a ti.
El aire que pasa sobre una montaña
puede mañana rozar el rostro
de alguien que jamás conocerás.
La misma noche cubre
al que tiene una casa enorme
y al que duerme bajo un techo de cartón.
La misma luna contempla
la mesa abundante
y el plato vacío.
Y sin embargo seguimos construyendo muros,
inventando distancias,
poniendo precio a las cosas
que deberían ser de todos.
Qué extraño es el corazón humano:
capaz de levantar ciudades
y todavía incapaz de comprender
que ninguna ciudad puede salvarse sola.
Yo quiero pensar en otro mañana.
Un mañana donde el niño
no tenga que aprender primero el hambre
antes que el nombre de las estrellas.
Donde estudiar no sea un privilegio,
donde curarse no dependa del dinero,
donde trabajar no signifique
entregar la vida a cambio de sobrevivir.
Un mañana donde la dignidad
no sea una palabra escrita en las paredes,
sino una costumbre cotidiana.
Entonces quizá nuestras diferencias
dejen de ser trincheras
y se conviertan en colores.
Porque somos distintos, sí,
como son distintas las flores del campo,
pero ninguna flor le exige a otra
que deje de ser quien es
para poder compartir la primavera.
Hay un país más grande que los mapas.
Está hecho de rostros.
De la mujer que vende frutas al amanecer,
del hombre que conduce durante la noche,
del maestro que repite una lección
aunque nadie le haya dado las gracias,
del médico que permanece despierto,
del obrero que vuelve con polvo en los zapatos,
del anciano que guarda fotografías
de un tiempo que ya no vuelve,
del joven que todavía cree
que el futuro puede ser diferente.
Todos ellos llevan una parte del mundo
sobre los hombros.
Y cuando uno cae,
algo de nosotros cae también.
Por eso quisiera que aprendiéramos
a mirarnos sin miedo,
a reconocernos sin preguntar primero
cuánto poseemos,
de dónde venimos,
qué lengua hablamos,
qué nombre tiene nuestra pobreza.
Mirarnos simplemente
como seres humanos
bajo la inmensa respiración del cielo.
Porque mañana volverá la luz.
Entrará por las ventanas,
tocará las montañas,
encenderá los caminos,
despertará las escuelas,
los mercados, los hospitales,
las fábricas y los pequeños hogares.
Y nosotros volveremos a caminar.
Quizá todavía imperfectos,
quizá heridos,
quizá cargando antiguas tristezas.
Pero juntos.
Y habrá entonces, sobre nosotros,
un cielo que no pertenece a nadie
y que pertenece a todos.
Bajo él aprenderemos nuevamente
que la esperanza no es una estrella lejana.
Es una semilla.
Y basta que muchas manos
decidan protegerla
para que un día,
contra toda oscuridad,
el mundo entero
pueda verla florecer.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2018.
Género: poesía lírica
Forma: verso libre.