José Honorio Martínez Ochoa

Detrás del viento

Detrás del viento

José Honorio Martínez Ochoa

Ahora que voy detrás del viento, me detengo a mirar la ilusión. No sé exactamente qué busco. Tal vez ya no busco nada y lo que llamo búsqueda sea solamente la costumbre de seguir caminando, de poner un pie delante del otro cuando el camino ha dejado de conducir hacia alguna parte. Hay momentos en que uno continúa no porque espere llegar, sino porque detenerse significaría aceptar demasiado pronto que ciertas cosas no regresan.

Un crujido de sal desciende por mi rostro. Lo siento como se sienten algunas verdades: sin anunciarse, lentamente, dejando una marca que después reconocemos en el espejo. Frente a mí está aquel rostro dibujado en la pared. Podría ser el mío, aunque ya no estoy seguro de reconocerme en él. Quizá eso ocurre con los años: uno no pierde de golpe lo que fue; simplemente comienza a encontrarlo en lugares donde ya no puede recuperarlo.

Miro la pared y pienso en la memoria. Durante mucho tiempo creí que recordar era conservar. Ahora sospecho que recordar consiste también en aceptar la pérdida. La memoria no devuelve las cosas; apenas conserva su contorno. Nos hace creer que algo permanece cuando, en realidad, lo que permanece es nuestra necesidad de volver sobre aquello que ya terminó.

Leo entonces la metamorfosis de los versos. Las palabras cambian de forma mientras las pronuncio, como si tampoco ellas quisieran permanecer fieles a lo que alguna vez significaron. Una palabra puede acompañarnos durante años y, sin embargo, un día descubrimos que ya no dice lo mismo. Quizá nosotros tampoco decimos lo mismo cuando pronunciamos nuestro propio nombre.

Escucho volar las libélulas. Hay algo extraño en su vuelo: parecen saber que la belleza no necesita durar para ser verdadera. Las observo y pienso que quizá nosotros hemos esperado demasiado de la vida. Le hemos pedido permanencia a lo que nació para desaparecer, respuestas a lo que solamente podía ofrecernos preguntas, compañía a quienes también estaban aprendiendo a estar solos.

Y entonces aparece el desencanto, no como una herida, sino como una forma más sobria de mirar.

Ya no espero que el tiempo explique lo que se llevó. Ya no espero que la memoria me devuelva aquello que perdí. Ya no espero siquiera comprender del todo por qué algunas ausencias continúan acompañándonos mucho después de que dejamos de pronunciarlas. Hay pérdidas que no se resuelven; simplemente aprenden a vivir dentro de nosotros.

Escribo.

Quizá por eso escribo. No para salvar las cosas, tampoco para devolverles la vida, sino para permanecer un momento frente a ellas antes de que terminen de desaparecer. Sobre el suelo veo las flores que alguna vez tuvieron un nombre. Algunas todavía conservan el color; otras son apenas una forma oscura entre la tierra. Las miro y comprendo que también nosotros somos algo parecido: una breve permanencia entre dos silencios.

Durante mucho tiempo pensé que permanecer significaba vencer al tiempo. Ahora sé que no. Permanecer es otra cosa. Es dejar una huella que no necesariamente será recordada. Es haber estado. Haber amado. Haber mirado alguna vez el rostro de alguien y haber comprendido, aunque fuera por un instante, que aquella presencia no iba a durar.

Tal vez la ilusión consiste precisamente en eso: en seguir creyendo que algo puede durar aun cuando sabemos que no durará.

Voy detrás del viento y cada vez entiendo menos hacia dónde voy. Antes esa incertidumbre me inquietaba. Ahora forma parte del camino. No hay revelación al final, ni una respuesta esperando detrás de las cosas. Hay solamente esta respiración, este cuerpo que continúa, estas palabras que todavía puedo poner unas junto a otras para decir que estuve aquí.

Y quizá sea suficiente.

Porque el viento no se deja alcanzar. La memoria tampoco. El tiempo mucho menos.

Uno camina detrás de ellos, los pierde, vuelve a buscarlos, y un día comprende que no caminaba para encontrarlos, sino para aprender a vivir con su ausencia.