Un engranaje de mercurio me aprisiona las sienes,
bucle infinito de cables rugosos y ondas equivocadas.
El aire huele a estaño quemado,
cada esquina retuerce un alfiler que me perfora los ojos,
la palabra perdón se petrifica en la garganta como un pedazo de tiza
y los muros sangran una imagen ruin, sin rostro,
un laberinto ciego donde el fin del mundo es la única lógica posible.
Pero el caos tiene grietas invisibles.
En el corazón del estrépito se rompe la red,
un tropezón afortunado en el vacío,
y, allí estás tú,
desplazando el peso de los escombros.
Sobre el lienzo en blanco nace tu sombra,
una penumbra paradójica que enciende una linterna de flúor.
El fósforo de la razón se apaga,
el color estridente se disuelve en brea fresca,
un degradado que viaja desde el abismo azabache
hasta un blanco translúcido y sordo.
Y en mitad del claro-oscuro,
como un latido involuntario del lienzo,
brota la piel.
Espasmo de luz sobre el pulso.
Unos labios tibios rozan el centro de la tormenta.
El viento da un vuelco salvaje,
los truenos que amenazaban con destruirlo todo
alzan la voz, ya lejanos, vencidos en el horizonte.
La abstracción se derriba como un castillo de ceniza
y al caer el humo,
lo único que queda de ese latido involuntario
es la aplastante, hermosa realidad de tu presencia.