Temo al pecho sin lumbre y a la casa sin voz,
a la quietud de piedra donde nada germina;
pero temo también al relumbre precoz,
al latido que busca ya su propia ruina.
Temo abrir las compuertas y anegarme de vida,
derramar la ternura, despertar el desvelo,
y temo que la ola, en rápida huida,
deje el eco flotando sobre un cuerpo de hielo.
Temo mirar al fondo y hallar turbios reflejos,
beber de un agua muerta sin que nadie me mire,
ser un barco encendido que navega a lo lejos
mientras la orilla espera que el fuego se retire.
Mas en la sombra espesa de tanta incertidumbre,
no retrocedo un paso ante el pulso del miedo.
Lo conozco por dentro, vigilo su costumbre,
es un viejo enemigo al que miro y no cedo.
Que tiemblen las entrañas, que arda o cese el amor:
la sima me reclama, pero el paso no freno.
No negocio la llaga, no amortiguo el temblor;
abro el pecho a la noche, al incendio y al cieno.
Antonio Portillo Spínola ©