La noche vino con conejos;
muchos, saltarines, coloridos
hacían círculos en derredor,
jugueteando entre mis pies.
Doblé mis rodillas; uno trepó
manso, blanco como espuma.
Me permitió acariciar su pelaje;
otro, con antifaz, saltó
rozando la punta de mi nariz.
Yo reía feliz, feliz, feliz,
rodeada en franca paz
dentro del círculo de conejos.
Hasta que un sonido quebró
ese efímero instante de lucidez.
Crucé el túnel hacia la realidad;
la luz de alerta titilaba en mi teléfono;
no quise ver, fui negación.
Se rompió otro dique,
el agua sube hacia la cintura
… huyeron los conejos.