La agria soledad de algunas tardes desnuda recuerdos y pule la nostalgia.
Casi siempre son tardes grises con tantas ganas de llorar que apenas
uno les dice algo dejan caer las mil y una gotas sobre lo que sea,
asfalto, carro, ropavejero, gato, lunes de abril, rincón de nadie.
El viento llega sin pedir permiso ni mendigar saludo. La noche también.
Mi copa cae, otra vez, derramando el mundo que me habita.
Me entrego al sueño que me abraza como si fuese un niño bueno.
Una gaviota, o dos o tres, sobrevuelan las aguas del lago.
Más arriba una nube se deshace y al instante deja de ser nube.
Más arriba no se, mi corcel alado se niega a un ascenso hacia lo desconocido.
Mis aviones vuelven a carretear por la pared hasta que un rayo de luna los elimina uno a uno.
Mientras la ajustician en juliana, la cebolla lee en voz alta su discurso de despedida. Lloran todos.
Mientras lloraban, el cocinero, por secarse las lagrimas, se corta un dedo. Sangran todos.
Mientras todos sangran la cebolla retoma la palabra. Vuelven a llorar.
Por lo general mis sueños son así (¿o no son sueños?) divertidos, incomprensibles, inocuos, sin gollete,
según el humor que le fuera asignado oportunamente a cada lector, oyente o transeúnte. Eso es aleatorio. Creo.
Ahora mi gata, en su argot gatuno, me exige que debemos despertar. Y lo hace enérgicamente.
Ya son las 8. Arriba, Michi, no seas remolona.
Derechos reservados por Ruben Maldonado.