Él/La Trofeo.
Corazón en la mano para sacrificarlo ¡Jamás!
Eras la dulzura de mi ser, pero vino la observación,
cada paso que dabas era una patada de castración,
o inhumanización ritualista.
Aquí es donde la observación se vuelve un pilar
porque te quieren volar en retazos los cojones,
y a ellas, los ovarios, nadie está a salvo
quieren desarmarte o reducirte a un simple trapo usable y desechable,
tómatelo con calma, no desvíes la mirada, no cedas tus labios,
observa, mimetízate, ve cada elaborada reacción de quien te dice:
te amo en lo secreto, y en lo no privado es un retrete público,
observa, no necesitas despecharte, solo mirar con atención a los detalles.
¿Qué observaste?
Si, la lucidez te permitió ver la lógica,
que ese alguien que pusiste en el microscopio,
dijo algo letal para sí mismo al final de tanto cálculo frío.
Sí, esa persona que se creía inalcanzable cometió un error,
un desliz sembrado entre la niebla de su propio egocentrismo
así es, y ahora tú tienes el jaque mate, tu paciencia, dio frutos.
Esta persona dice que no es el trofeo de nadie,
¡Mira como cayó en su juego!
mira como su disfraz se le cae,
frente a todo un público,
y queda su fealdad al desnudo.
Si dices que no eres el trofeo de nadie,
¿Quiénes son ese: Nadie?
¿Tus pretendientes?
¿Tus opciones?
¿Quienes?
Ese nadie por lógica,
si, esa lógica de la que los poetas temen,
pero que en realidad es la primogénita en la dignidad
de quienes no se quieren perder como cobardes.
Pues eras un trofeo, un amuleto, un objeto,
abriste la puerta a que ese nadie te sedujera,
y luego buscaste controlarlo con tus juegos olímpicos,
les pusiste metas, los confrontaste, los hiciste:
Competidores.
Los «Olympians» de juegos macabros,
así son esta clase de personajillos.
La verdad es que este poeta tiene una excusa,
haber sido observador y haber sido testigo,
para desnudar la pose
que con desdén y condescendencia dicen:
No soy trofeo de nadie,
como si estuvieran en el pedestal cual amanecer,
como si fueran tu brújula, tu norte,
aquello que al invocarlo te llena el pecho de uvas,
y un florido cielo con nubes de colores.
Son tan vacíos que se dicen a sí mismos:
No soy trofeo de nadie.
Menos humano no se puede ser. Reiría en esta página,
pero el poema perdería esa risa incontenible
que se dibuja y aúlla en mi boca sin haberlo dicho,
aunque carajos, ya lo dije. Y me bloquearon ¡Ja Ja Ja!