Yo también sé despedirme con la solemnidad de quien incendia un puerto
para que ningún barco tenga la tentación de regresar.
Y si alguna vez mi memoria pretendiera reconstruir su rostro,
si la nostalgia quisiera convencerme de que aquellos quince días
fueron destino y no accidente, yo misma pondré fuego a la nave.
A ese barco imaginario donde mi fantasía lo hizo perfecto,
donde su inteligencia parecía hechizo, su voz, una promesa,
y cada mirada, una puerta hacia un lugar que jamás existió.
Porque fueron quince días. Quince días maravillosos, sí;
tan hermosos que parecían mentira. Y quizá lo fueron.
Un sueño breve, extraño, demasiado intenso para llamarlo recuerdo
y demasiado irreal para llamarlo historia. No lo llamare amor, lo llamare un sueño.
Lo que amé fue al hombre que mi imaginación construyó con sus pedazos:
al que sabía decir la palabra exacta, al que habitaba mis pensamientos,
al maestro que mi fantasía inventó para enseñarme las artes secretas
de desear sin poseer.
A ese hombre sí lo conservo solo en mis sueños Y allí permanecerá.
Así que usted quédese lejos. Usted quédese afuera.
No intente volver a llamar a mi puerta; ya he aprendido que hay sueños
que se disfrutan mejor cuando despierta una a tiempo.
Yo me quedo con mi ficción, con ese usted que solamente existe
cuando cierro los ojos. A ese sí lo quiero.
Porque una cosa es enamorarse de la sombra que proyecta un hombre
cuando la imaginación le pone alas, y otra muy distinta
es querer al hombre cuando vuelve a ser hombre.
Y yo prefiero mi sueño. Prefiero recordarlo hermoso,
intacto, ardiendo todavía en esos quince días
que nunca volverán.
Después de todo, hay sueños que no necesitan cumplirse: se les quiere precisamente
porque al despertar una tiene el valor suficiente para dejarlos morir.
Y cuando la última estrella de aquel sueño se apague, yo misma incendiaré el barco, para asegurarme
de que mi imaginación jamás vuelva a navegar hacia su orilla.
B&: Zuleyma Arroyo