Mil vaggio

Pueblo.

Me gusta el pueblo, lejano de las grandes urbes, escondido allá entre enormes montañas pedregosas y verdes, indiferente al juicio de los días en las capitales; acá el tiempo anda con bastón. Por las mañanas, un ensordecedor canto de pájaros despierta al mundo con los primeros rayos de sol; la lluvia es lluvia y el rito es sagrado; todo sucede bajo un estricto orden, más que de autoridad, de armonía. Mientras el mundo entero avanza y se agita hacia el progreso, el pueblo permanece ahí, taciturno, entre los granos rojos de un cafetal y el ruido de las mulas por los caminos reales. No saben de conquistas ni de guerras; el tamaño del universo no importa ni tampoco la velocidad de la luz; vale más un huevo de gallina o un litro de leche bronca. Solo y analfabeto, la codicia del campesino es solo tener una buena cosecha. Quizá lo más sano sea ser analfabeto de un mundo que estruja el espíritu.