Entro en la casa y no hay nadie,
pero al encender la luz
tampoco estoy yo esperándome.
Me siento a la mesa
con las manos vacías sobre la madera
y no encuentro una palabra
que cruce de una orilla a otra de la sangre.
El eco se niega a devolver mi nombre,
como si nombrarme fuera convocar un hueco,
un traje colgado a oscuras
que ha olvidado la forma de los hombros.
Tan lejos de mí mismo he caminado
que cuando intento regresar
encuentro el umbral tapiado por la cal,
y ni siquiera mi propia sombra
se detiene a compartir el frío.
Antonio Portillo Spínola ©