Raul A

¿Cuantos likes?

La primera foto tuvo doce likes.

 

Me pareció bastante.

 

Era una foto cualquiera.

 

Yo frente al espejo,

con una camiseta nueva.

 

Nada especial.

 

Pero cuando vi el número

sonreí.

 

Doce.

 

Al día siguiente subí otra.

 

Diecinueve.

 

Me sentí un poco mejor.

 

Después fueron treinta.

 

Luego cincuenta.

 

Empecé a mirar el teléfono

cada pocos minutos.

 

Solo para comprobar.

 

Solo por curiosidad.

 

Eso me decía.

 

Un día subí una foto

y tuvo siete likes.

 

La borré.

 

No porque estuviera fea.

 

Simplemente...

 

siete eran muy pocos.

 

Empecé a entender

cómo funcionaba todo.

 

Qué fotos gustaban.

 

Qué palabras funcionaban.

 

Qué caras recibían más atención.

 

Qué momentos valían la pena publicar.

 

Incluso empecé a salir

pensando en las fotos

que podía sacar.

 

Ya no miraba el cielo.

 

Miraba cómo quedaría en una historia.

 

Ya no disfrutaba la comida.

 

Primero le tomaba una foto.

 

Ya no pensaba

“qué bonito”.

 

Pensaba:

 

“¿Cuántos likes tendría?”

 

Mis amigos empezaron a decirme

que estaba demasiado pendiente del teléfono.

 

Yo me reía.

 

—No es para tanto.

 

Y seguía mirando.

 

Un día pasé una hora

eligiendo una fotografía.

 

Otra hora pensando

qué escribir debajo.

 

La publiqué.

 

Esperé.

 

Cien likes.

 

Doscientos.

 

Quinientos.

 

Sonreí.

 

Por fin.

 

Esa noche recibí cientos de corazones

de personas que no conocía.

 

Y, sin embargo,

me sentí extraño.

 

Dejé el teléfono sobre la mesa.

 

La habitación estaba en silencio.

 

No había notificaciones.

 

No había comentarios.

 

No había nadie mirando.

 

Me quedé sentado

sin saber qué hacer.

 

Entonces pensé en tomar otra foto.

 

Pero no había nada interesante.

 

Solo yo.

 

Sentado.

 

En una habitación vacía.

 

Miré la cámara.

 

Por primera vez

no sabía qué cara poner.

 

Sonreí.

 

Tomé la foto.

 

La publiqué.

 

Esperé.

 

Pasaron diez minutos.

 

Cero likes.

 

Veinte minutos.

 

Cero.

 

Una hora.

 

Cero.

 

La borré.

 

Volví a mirar el teléfono.

 

Nada.

 

Entonces levanté la cabeza.

 

Y me di cuenta

de algo que nunca había pensado:

 

No sabía qué me gustaba.

 

No sabía qué quería.

 

No sabía qué hacer

cuando nadie estaba mirando.

 

Solo sabía una cosa.

 

Volví a abrir la aplicación.

 

Y escribí:

 

“¿Cuántos likes?”