Siempre acechan una nueva víctima
sobre la que descargar su infeliz existencia,
buscan saciar sus almas podridas,
no conocen el respeto ni la decencia.
Ante el mínimo atisbo de diferencia
o la más vaga señal de debilidad,
actúan como aves carroñeras
nutriéndose de ajena sensibilidad.
Dime, Señor, ¿cómo hago
para soportar ante mis ojos tanta injusticia,
si no sé mirar para otro lado
y no encuentro fuerzas para vencer su malicia?