Hay días en que la felicidad
cabe entera
en cosas pequeñas.
Una mano sobre la mesa,
dos copas que se encuentran,
el cansancio dulce
de caminar sin buscar nada,
alguien que me mira
y por un momento
el mundo parece suficiente.
Y sin embargo
hoy París tiene otra luz.
Una voz salió del teléfono
como salen algunas cosas del pasado,
sin tocar la puerta,
sin pedir permiso,
y algo dentro de mí
se quedó quieto.
No cambió nada.
Y quizás por eso dolió tanto.
Porque sigo aquí.
Porque estoy bien.
Porque hay una vida nueva
creciendo alrededor de la mía
y puedo sentirla.
Pero hay nostalgias
que no quieren regresar,
solo quieren existir
un momento más.
Esta ciudad las conoce.
París tiene esa crueldad hermosa
de guardar demasiadas versiones
de quienes fuimos.
Aquí aprendí algunas formas de quererte
y aquí, irónicamente,
se apagó por última vez
algo que yo todavía creía eterno.
Desde entonces
las calles son las mismas
pero yo no.
Quizás tú sigues amando París
de la manera en que se aman
las ciudades que alguna vez
nos hicieron sentir en casa.
Yo la camino distinto.
Con otro nombre cerca,
con otra mano buscando la mía,
con planes que ya no te incluyen
y un corazón que, lentamente,
ha empezado a entender
que seguir viviendo
no es traicionar lo que terminó.
El fin de semana
Argentina me espera.
Messi,
el último partido,
la camiseta,
el ruido de un estadio
y esa emoción tan argentina
de querer detener el tiempo
justo cuando sabemos
que se nos está escapando.
Y quizás, en medio de todo eso,
aparezca otra vez tu recuerdo.
No porque quiera que vuelvas.
Sino porque algunas personas
se quedan viviendo
en lugares donde ya no viven.
Quizás piense
qué habría sido de ti
sentada a mi lado,
mirando el mismo partido,
cruzando conmigo otro cielo.
Y después miraré hacia adelante.
Porque también existe eso:
la vida que sucede
mientras una parte de nosotros
todavía escucha ecos.
La felicidad que llega
sin borrar la tristeza.
El amor que empieza
sin negar el que terminó.
Y yo,
entre París y Argentina,
entre una voz perdida
y una voz nueva,
entre lo que fui
y lo que estoy aprendiendo a ser,
descubro algo extraño:
no necesito dejar de extrañarte
para saber que ya no quiero volver.
Quizás sanar
no sea cerrar todas las puertas.
Quizás sea poder escuchar
una voz del pasado,
sentir cómo se humedecen los ojos,
respirar,
y seguir caminando.