Esta es la herencia de mis manos:
el oficio de juntar el vuelto
para el pan nuestro de cada día.
Saber, con un nudo en la garganta,
que la noche afuera es un animal
que acecha a nuestros hijos.
Entender que ya no precisamos muebles grandes,
sino basureros mucho más amplios en las avenidas.
Asumir demasiado tarde
que el reloj
nunca estuvo hecho para esperarnos.
Y que el amor, nuestro amor
es ya una esperanza demasiado cara
de mantener intacta.
A veces pienso que sería más fácil
irnos olvidando del mañana,
de a poquito apagar la luz
y antes de quedarnos a oscuras
preguntarle a Dios
a ese que se esconde entre el humo y las aves,
por qué nos soltó la mano
en plena vía pública.