No es necesario el estrépito de los labios
cuando la luz declina y el invierno
se nos instala, dócil, en los ojos.
Basta saber que estás,
en el reverso exacto de la queja,
dictándome una ley que no firmamos
pero que acato como un preso antiguo.
Te miro desde el borde del olvido.
Hay un roce invisible, una constancia
de que el pasado insiste en su derecho,
y la memoria evoca tu contorno
con la precisión de un viejo cirujano.
A veces la distancia es un acuerdo:
un lenguaje callado entre las sombras,
un secreto que arde en lo prohibido
y que, por no nombrarse, se hace cierto.
Se nos va la verdad por los sentidos,
arrebatada en este invierno abstracto,
mientras dejamos huellas invisibles,
sueños que erran sin saber su nombre,
heridas que no sangran, pero queman.