Tienes hambre de Dios.
Le pides que te devuelva la vida.
Le muestras las heridas,
los arañazos de tus llantos,
y el viento derrama su consuelo.
Cada huella es un surco abierto,
mientras arrastras tus pasos.
Tienes hambre de Dios,
Imploras que te devuelva la vida
que la muerte no cesa de arrancarte.
Clamas al cielo
por tu alma marchita,
Y solo hallas vacío…
y más hambre de Dios.