Seré la brisa que mece los juncos para que cuando se doblen,
se vuelvan a enderezar orgullosos y enteros, retando al universo.
Seré ese ciprés erguido centinela de los que se han ido, soldado regio del silencio,
custodiando sus almas para que tengan la paz del remanso infinito.
Seré esa cascada que se desliza con fuerza para ahuyentar las dudas,
para lavar las heridas y que sanen deprisa, porque sangran cada día.
Seré ese sauce que suelta sus ramas, para llorar en silencio para que nadie lo vea,
y deja caer sus lágrimas al lago en calma, y así limpia su dolor con recogimiento y pausa.
Seré ese amanecer que se despierta con un sol débil, pero que va cogiendo fuerza,
y seré esa noche tranquila para pedir a la luna por los que se han ido y decirle;
Oh luna, di a todos que los recuerdo y amo, y a mi joven esposo que espero el día
de volver a ver su rostro hermoso, y sentir su alma junto a la mía como cuando tenía vida.
Esperaba ver la nieve en sus cabellos oscuros, y en sus ojos las arrugas del tiempo,
pero no será así, yo envejeceré sin él, y eso nunca pensé fuera así,
y seré la tormenta brava que descargará mi alma, pero luego renacerá la calma.
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