Una noche sin luna, cuando hasta la oscuridad temía mirarse, escuché una voz que atravesó el silencio.
Era dulce… pero, sin saberlo, era como veneno de serpiente.
Busqué su origen, pero solo hallé ecos. Su canto era tan hermoso, que terminé danzando entre sus hilos.
Sin darme cuenta, me convertí en el títere y él, en el titiritero.
Mi luz interior comenzó a apagarse. Ya no quería salir, ya no quería nada. Él me consumía.
El abismo me atrapaba, y él decidía si debía quedarme o escapar.
A veces me pregunto cómo ocurrió. Quizás fue mi soledad, mi necesidad de comprensión, lo que lo invocó.
Juega con mi mente, con mi fe. Y si se equivoca, la culpable soy yo.
Cuando intenté rebelarme, su voz —antes celestial— de un momento a otro se volvió cuchillo filoso.
Me llamó estorbo, me dijo que nadie me amaba, que nadie lo haría jamás. Que, cuando llegó, le dio sentido a mi vida.
Su sombra comenzó a habitar en mí, y ya no había salida.
No sabía si lo que escuchaba estaba dentro o fuera de mi cabeza.
Algunos dicen que estoy loca, porque me ven hablando sola.
Pero si supieran… que sola no estoy.
Estoy hablando con aquel ser que me condenó a la locura, ese que nadie ve, ese que nadie escucha, excepto yo.
Tal vez sea mi mente, tal vez mi herida, tal vez el eco de un amor no encontrado que me volvió su presa.
Y tengan en cuenta que hasta las personas más buenas y más cuerdas, cuando sufren solas, pueden llegar a ese punto donde, aunque no veas nada… nunca están del todo solas.