D. Méndez

U yáax k’aayil k’áay (El primer canto del duelo)

Quiero dejar de ser uno

con el umbral.

Esa delgada línea

entre lo vivo y lo muerto

se ha vuelto demasiado pequeña

desde que te fuiste.

 

Lloro.

Lloro como el mar golpeando las piedras

sin cansarse jamás.

 

Voy a llevar flores

hasta que se marchiten,

hasta que el tiempo aprenda tu nombre

y lo diga con vergüenza.

 

Llorar y llorar.

Porque hay dolores

que no saben hacer otra cosa

más que quedarse.

 

Entre el mar de tus pestañas

y el río de tus dientes

todavía encuentro restos de tu risa,

como conchas hundidas

en el fondo de mi memoria.

 

Yuum Kimil,

señor de la muerte,

¿por qué tomaste sus manos

antes que las mías?

Le rezo a los antiguos dioses

para que exista otro camino,

otro cielo debajo de la tierra,

donde los cuerpos cansados

puedan volver a encontrarse.

 

Dicen que el alma cruza sola,

pero yo no quiero cruzar sin ti.

 

In wóol still tu yáanal lu’um.

Mi corazón sigue bajo la tierra contigo.

 

Y cuando llegue mi amanecer oscuro,

cuando mis huesos también aprendan silencio,

quiero verte esperándome

del otro lado del agua negra,

 

quiero reconocerte incluso muerto,

quiero que nuestras sombras

se sienten juntas

en el reino de Xibalbá,

como dos amantes cansados

que por fin dejaron de despedirse.

 

Entonces lloraré una última vez,

no de tristeza,

sino de alivio.

 

Porque después de tanto duelo,

después de tanto mar dentro del pecho,

volveré a tocarte

sin miedo a perderte otra vez.