Silvana Ibáñez

¿Qué he de pedirte, Señor? 

 

Señor:

Tú nos has enseñado cómo orar: «Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá» (Lucas 11,9).

Tengo un pensamiento fuerte al respecto y quiero decírtelo.

Tú nos has dado todo. Todo lo has hecho para nosotros, todo, hasta nuestro entendimiento y sapiencia. Pues bien, si todo lo hiciste y todo nos diste, hasta lo más querido, que eres Tú mismo, ¿cómo puedo pedirte algo si ya lo dejaste ahí para nosotros?

Pienso entonces que Tú nos das y nosotros debemos tomarlo, pero debemos ir a ello, movernos hacia ello, trabajar por ello.

Nos dices: «Pidan…», y pienso que es una manera de tenerte presente, porque nos prometes que nos darás. Pero continúas: «busquen…», y ahí siento que nos llamas a movernos, a accionar hacia aquello que pedimos. Nuevamente nos aseguras que, si buscamos, encontraremos. Y vas más allá: «llamen…». Nos pides otra acción y nos aseguras que se nos abrirá.

Quizás no encontremos lo que esperamos, Señor, sino mucho más, si aprendemos a mirar con los ojos del espíritu y no con los de la carne, porque la carne es tan limitada.

Tú mismo nos dijiste: «El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne es carne; lo nacido del Espíritu es espíritu» (Jn 3,5-6).

Entonces pienso: ¿para qué pedirte lo que ya nos has dado para este mundo?

De eso solo puedo agradecerte. Agradecerte siempre y en todo, e ir por ello con los medios que también me has dado.

Prefiero pedirte por aquello que nace del Espíritu, porque es ahí donde siento que realmente te necesito: para identificar el camino que diriges para mí y despegarme de todo aquello que me desvía. Porque nada soy y nada tengo sin Ti. Solo Tú puedes iluminarme y apartar los obstáculos. Tú eres quien quita el pecado del mundo, liberando mi camino hacia Ti y hacia la vida, esa vida que está en Ti.

Pero, a pesar de mi pensar humano, Tú nos enseñaste a rezar y, en esa oración, nos enseñaste a pedir: «Danos hoy nuestro pan de cada día». (Mateo 6,11)

Y entonces vuelvo a preguntarte: ¿qué pan debo pedirte, Señor? ¿El pan de la carne o el pan del alma, que eres Tú?

Siento que, mientras me aferre a la carne y al mundo, no podré renacer al espíritu. Y si todo mi pedido queda en cosas del mundo, seguiré atada al mundo, buscando la vida, donde no la hay, lejos de Ti.

Entonces he de pedirte, mi Señor:

Dame más amor para amarte. Ayúdame a apartar los velos que me cubren impidiendo ver tu luz y con ello entender qué hacer en este pasar por el mundo.

Enséñame cómo acercarme más a Ti.

Ayúdame a reconocer qué debo buscar, por qué debo luchar y qué debo dejar de lado.

Y cuando llegue el momento, Señor, que nada de este mundo me sostenga.

Para poder ir a Ti.