Franjablanca

Viernes 13

Guardo esta letra en un corcho

clavada con dos chinchetas

y colgada permanece

junto a las otras secretas.

Cuando la leo le reprocho

el recuerdo que enardece

aquel viernes dieciocho

convertido en Viernes trece:

 

Dosificaba pecados

cortados a su medida

con delicados bocados

en cualquier piel elegida.

A oscuras, con su mordida,

empezaba la partida

en el centro del tablero

y recitaba un te quiero

sin que pisara primero

la casilla de salida,

pero le hacía la cruz

a la víctima elegida

disparando su arcabuz;

luego, accionaba la luz

y la dejaba encendida

para que viera la herida

su consorte Belcebú.

 

De día era la dama

más casta de la ciudad:

pureza, canela en rama,

misa de nueve y bondad;

por la noche, vampiresa

de colmillos alargados

que mordía a cada presa

sin presencia de abogados.

Sus labios eran sicarios

a sueldo de un falso Eros

que le doblaba honorarios

por los daños a terceros.

 

Yo solo fui un candidato

a convertirme en cenizas

del uso que hizo del fuego

con mi carne sobre el plato

cuando entré en aquel juego

de sus diez uñas postizas.

 

A pesar de no haber lluvia,

se destintó su cabello

y dejó de ser tan rubia

por arriba de su cuello.

Sin dar razones de peso,

decidió cruzar la calle,

aunque tuvo el gran detalle

de dejarme en su lugar

la sucursal de sus besos

sobre la barra del bar,

y me quedé tan colgado

como una estalactita

mirando un reloj parado

que no esperaba visita,

con una copa en la mano

y en mi boca un balbuceo:

\'Para una vez que gano,

resulta que no hay trofeo\'.

 

Me la jugué con sus senos

y me falló la fortuna...

Pero aún echo de menos

su aullido bajo la Luna.