Al principio
todos se reían.
Yo también.
Me escondían la mochila,
me cambiaban las cosas de lugar,
decían mi nombre
cuando el profesor preguntaba algo.
—No te enojes.
Y yo no me enojaba.
—Solo era una broma.
Entonces aprendí a reírme.
Era más fácil.
Si me quedaba callado,
decían que estaba molesto.
Si decía algo,
decían que no sabía aceptar una broma.
Así que me reía.
Todos los días.
Me acostumbré
a buscar mis cosas
antes de que alguien las escondiera.
A revisar mi asiento
antes de sentarme.
A mirar alrededor
antes de hablar.
A veces escuchaba risas
y ni siquiera sabía
si eran por mí.
Pero igual bajaba la mirada.
—No pasa nada.
Eso también me lo decían.
Un día falté a clases.
Nadie preguntó.
Al día siguiente tampoco fui.
Alguien preguntó por mí
durante el recreo.
—¿Dónde está?
Otro respondió:
—Quién sabe.
Y se rieron.
Después dejaron de preguntar.
Pasaron los días.
Mi asiento siguió ahí.
Mi nombre siguió apareciendo
en la lista.
Y las bromas continuaron.
Solo que ahora
ya no eran conmigo.
Eran sobre mí.
—¿Se acuerdan cuando...?
Todos se reían.
Yo también.
Aunque ya no estaba ahí.
Qué extraño.
Durante tanto tiempo
todos habían repetido lo mismo:
“Solo era una broma.”
Quizá tenían razón.
Después de todo,
nadie quiso hacerme daño.
Nadie.
Solo querían reírse un rato.
Y cuando finalmente
alguien preguntó
por qué me había ido,
nadie supo qué responder.
Porque una broma
no tiene culpables.
Solo tiene personas
que se ríen.