Raul A

Solo era una broma

Al principio

todos se reían.

 

Yo también.

 

Me escondían la mochila,

me cambiaban las cosas de lugar,

decían mi nombre

cuando el profesor preguntaba algo.

 

—No te enojes.

 

Y yo no me enojaba.

 

—Solo era una broma.

 

Entonces aprendí a reírme.

 

Era más fácil.

 

Si me quedaba callado,

decían que estaba molesto.

 

Si decía algo,

decían que no sabía aceptar una broma.

 

Así que me reía.

 

Todos los días.

 

Me acostumbré

a buscar mis cosas

antes de que alguien las escondiera.

 

A revisar mi asiento

antes de sentarme.

 

A mirar alrededor

antes de hablar.

 

A veces escuchaba risas

y ni siquiera sabía

si eran por mí.

 

Pero igual bajaba la mirada.

 

—No pasa nada.

 

Eso también me lo decían.

 

Un día falté a clases.

 

Nadie preguntó.

 

Al día siguiente tampoco fui.

 

Alguien preguntó por mí

durante el recreo.

 

—¿Dónde está?

 

Otro respondió:

 

—Quién sabe.

 

Y se rieron.

 

Después dejaron de preguntar.

 

Pasaron los días.

 

Mi asiento siguió ahí.

 

Mi nombre siguió apareciendo

en la lista.

 

Y las bromas continuaron.

 

Solo que ahora

ya no eran conmigo.

 

Eran sobre mí.

 

—¿Se acuerdan cuando...?

 

Todos se reían.

 

Yo también.

 

Aunque ya no estaba ahí.

 

Qué extraño.

 

Durante tanto tiempo

todos habían repetido lo mismo:

 

“Solo era una broma.”

 

Quizá tenían razón.

 

Después de todo,

nadie quiso hacerme daño.

 

Nadie.

 

Solo querían reírse un rato.

 

Y cuando finalmente

alguien preguntó

por qué me había ido,

 

nadie supo qué responder.

 

Porque una broma

no tiene culpables.

 

Solo tiene personas

que se ríen.