Érase una vez una mujer
que conoció el abandono
y se quedó a solas con su tristeza.
Lloró.
Lloró hasta que sus lágrimas
tocaron una tierra escondida,
una tierra que llevaba dentro
sin saberlo.
Y allí nació una isla.
La llamó
la isla de mis abrazos.
Llegó hasta ella huyendo del dolor,
buscando un lugar
donde el alma pudiera descansar.
Y se quedó.
Sus lágrimas cayeron sobre la tierra
hasta volverla fértil.
Y de aquella tierra
comenzaron a nacer
la calma,
la ternura,
el amor.
Entonces supo
que aquella isla
no estaba lejos.
Estaba en ella.
Y mientras aprendía a abrazarse,
aprendió también
a no abandonarse.
Desde entonces,
cuando la vida vuelve a doler,
regresa a aquella orilla.
No para esconderse,
sino para recordar
que allí vive un amor
que nadie puede llevarse.
Así nació
mi isla de abrazos.