LA CASA DONDE DUERME LA LLUVIA
Cuando la tarde se desprende de los árboles
y deja sobre el mundo su último resplandor,
regresas con los bolsillos llenos de silencio,
como quien trae del día
una carta que nadie quiso leer.
La calle se va quedando atrás.
Las ventanas encienden lentamente sus ojos,
pero ninguna pronuncia tu nombre.
Caminas bajo un cielo fatigado
y llevas contigo
esa antigua tristeza que no sabe morir.
Al llegar, la puerta te recibe sin palabras.
Entras.
Y la casa parece más grande que tu soledad.
Hay una silla vacía junto a la ventana,
una taza que conserva el frío de otras manos,
un libro abierto en una página olvidada
y sobre la mesa
la pequeña respiración del polvo.
Todo parece esperarte
y, sin embargo, nada te espera.
La noche se derrama por los corredores
como agua negra entre las piedras.
Busca las habitaciones,
se acomoda en los muebles,
sube lentamente por las paredes
y se queda mirando contigo
la oscuridad de los cristales.
Entonces recuerdas.
No sabes exactamente qué.
Tal vez una voz.
Tal vez unos pasos.
Tal vez aquel tiempo remoto
en que las habitaciones tenían nombres
y las personas regresaban.
Ahora solamente quedan los retratos.
Los miras.
Sus ojos permanecen quietos,
pero hay en ellos una pregunta
que atraviesa los años.
¿Dónde fueron sus manos?
¿Dónde quedó la risa que alguna vez llenó esta casa?
¿En qué rincón del tiempo
se apagaron sus abrazos?
Nadie responde.
El reloj continúa sobre la pared
como una herida que aprendió a medir las horas.
Tú lo escuchas sin escucharlo.
Cada segundo cae dentro de la noche
con el peso de una piedra.
Afuera comienza la lluvia.
Primero una gota,
después otra,
hasta que el cielo entero
parece recordar que también puede llorar.
Y tú permaneces allí,
junto a la ventana,
mirando cómo el agua borra los caminos.
Piensas en los muertos
sin llamarlos por sus nombres.
Piensas en quienes amaste
y ya no pueden regresar.
Piensas en todas las despedidas
que parecían pequeñas cuando ocurrieron
y que ahora ocupan
una habitación entera dentro de ti.
Entonces comprendes
que la tristeza no siempre llega gritando.
A veces se sienta a nuestro lado,
pone lentamente sus manos sobre la mesa
y espera.
No pide nada.
Solamente permanece.
Y nosotros, cansados de luchar contra ella,
le ofrecemos una hoja en blanco.
La madrugada todavía está lejos.
Pero algo comienza a nacer
en la oscuridad.
No es esperanza.
Todavía no.
Es apenas una palabra
que busca su forma.
La escribes.
Después otra.
Y otra.
Mientras afuera la lluvia continúa cayendo,
descubres que quizá la poesía sea eso:
encender una pequeña lámpara
en medio de una casa vacía
y escribir,
aunque nadie venga,
para demostrarle a la noche
que todavía estamos vivos.
—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA
Septiembre, 2018
Género: poesía lírica
Forma: verso libre