Ganas no tengo de ir a dormir esta noche en casa; es más, nunca las tuve. Dormiré en una acera, al lado de una alcantarilla, con vista a una cabina. ¿Por qué? No sé. Quizá esperando la llamada de algún acondicionador que me presione para volver, o que diga «nunca más vuelvas»; ambas carecen de razones pero se presentan, eso es lo importante.