Mamá preguntó si estaba bien.
—Sí.
No pasa nada.
El profesor preguntó
por qué estaba tan callado.
—Estoy cansado.
No pasa nada.
Mis amigos preguntaron
por qué ya no salía con ellos.
—Tengo cosas que hacer.
No pasa nada.
Aprendí a sonreír
cuando alguien preguntaba.
Aprendí a decir
que todo estaba bien.
Aprendí que una respuesta corta
hace que las preguntas desaparezcan.
No pasa nada.
Un día dejé de hablar.
Nadie lo notó.
Otro día dejé de reír.
Nadie preguntó.
Después dejé de aparecer.
Al principio
alguien preguntó por mí.
Después dejaron de hacerlo.
La vida continuó.
Las clases continuaron.
Las conversaciones continuaron.
Las fotografías continuaron.
Incluso mi silla
siguió en el mismo lugar.
Qué extraño.
Durante todo ese tiempo
todos habían dicho lo mismo:
“No pasa nada.”
Quizá tenían razón.
Porque cuando finalmente
alguien decidió mirar,
ya no había nada que arreglar.
Solo una silla vacía,
un nombre en una lista
y una frase que todos
recordaban haber escuchado:
“Estoy bien.”