Mi mayor traición
fue saborear tus palabras,
sentir el pecho encendido
al oírte decir algo en mi oído
y creerlo como en piedra escrito.
Mi mayor virtud,
creí,
que llamarte solo por tu nombre
y no terminar mis frases en un “te quiero”,
pero veo que equivoqué y ahora solo suelo
sentarme en el sofá y esperarte
para aplacarnos el fuego.
Y es que, en la decadencia de las cosas,
tus labios son cual rocas
que caen al estanque
de las cosas que me vuelven loca,
y tu voz, la presencia de las ondas
que alteran mi psique,
elucubrando mil maneras
para, a la tumba, seguirte,
cuando tu ausencia empaña el vidrio de mis mañanas.