Rafael Parra Barrios

Carta a la soledad

 

 

Carta a la soledad

 

​Te confieso que tenía tantos planes y deseos de sentirte que me dolió tu repentina trashumancia. Desapareciste en silencio, hurtándome el adiós y dejando la magia del café en suspenso, junto a la ilusión de compartirlo con tu aroma.

 

​Cuando estoy acompañado y tú no estás, valoro aún más lo que eres, mi solícita soledad, esa que me cubre de pétalos y perfume, y me colma de poemas nacidos de la sinergia que somos. 

 

Un vínculo genuino e inherente como el nuestro no merece desvanecerse en la prisa ni en los arcanos instantes de la vida.

 

​Creí que nos veríamos antes de evaporarte. Qué lástima que el tiempo no nos permitiera honrar en presencia el imán que nos une, ese refugio donde solo cabemos los dos.

 

​Creo que no alcanzas a imaginar cuánto te extraño; solo Dios lo sabe, y tú, cómplice del tiempo y de la atmósfera, bien tienes que saberlo y airear de nuevo mis horas. 

 

​Nos debemos esa tregua frente a una taza de café, entre la sombra refrescante que eres y la solitud cobijante que soy, devolviéndome el silencio en el florido jardín de nuestro hábitat y existencia.