Autor: Dario Daniel Lugo
No llegué al abismo.
Comprendí, demasiado tarde,
que nunca había estado al otro lado.
El abismo era el suelo
que mis pies habían confundido con la caída.
Entonces dejé de buscar una salida.
No porque hubiera vencido al miedo,
sino porque comprendí
que también el miedo era una frontera
y que toda frontera
pertenece al espacio que delimita.
Me quedé.
Y al quedarme
la oscuridad dejó de ser ausencia.
Pesaba.
Tenía una densidad anterior a mis nombres,
una sustancia sin rostro
que sostenía la luz
antes de que la luz pudiera llamarse luz.
Entonces comprendí
que quizá nunca estuvimos rodeados de oscuridad.
Quizá fuimos nosotros
quienes estuvimos rodeados de una claridad
demasiado pequeña
para comprenderla.
El silencio tampoco estaba vacío.
Respiraba debajo de las palabras,
esperando que alguna de ellas
dejara de pretender ser verdad.
Escribí.
La primera palabra levantó una pared.
La segunda abrió un margen.
La tercera descubrió
que la pared también era espacio.
Seguí escribiendo
hasta llegar al lugar
donde el lenguaje comenzó a perder peso.
Allí las palabras ya no explicaban.
Se detenían.
Y por primera vez
la pausa no fue interrupción:
fue territorio.
El tiempo permaneció inmóvil
como un animal que hubiera olvidado
qué significa huir.
Yo también me detuve.
Entonces vi mi nombre
caer lentamente de mi propia piel.
No desapareció.
Dejó de gobernarme.
Miré el vacío.
No encontré respuestas.
Encontré una superficie
sin coordenadas.
Así que tracé una línea.
Después otra.
No descubrí un mapa.
Lo creé.
Pero cada vez que dibujaba una frontera
el territorio retrocedía.
Cada vez que nombraba el abismo
el abismo cambiaba de forma.
Cada vez que creía haber comprendido
algo permanecía intacto
detrás de la palabra.
Entonces entendí:
el mapa no existe
para conquistar lo desconocido.
Existe para recordar
que también nosotros
somos territorio.
Que el límite no termina en nosotros.
Que el margen no es el borde de la realidad,
sino el lugar donde comienza a revelarse.
Que el no-lugar
no es un sitio donde nada existe,
sino un espacio donde las cosas
dejan de necesitar un nombre.
Y que quizá el ser
no sea aquello que permanece.
Quizá sea
lo que queda
cuando todas las formas
han aprendido a desaparecer.
Seguí caminando.
Sin suelo.
Sin destino.
Sin una verdad esperándome al final.
Hasta que comprendí
que el camino no estaba delante de mí.
Era la huella
que aparecía bajo mis pies
mientras avanzaba.
Entonces dejé de preguntar
qué había al fondo del abismo.
El abismo ya no estaba al fondo.
Estaba aquí.
Debajo de cada certeza.
Dentro de cada silencio.
Detrás de cada palabra.
Y por primera vez
no quise salir.
Lo habité.
Hasta que mi voz se volvió pausa,
la pausa se volvió espacio,
el espacio se volvió sombra,
la sombra se volvió sustancia,
y la sustancia,
sin necesitar ser comprendida,
permaneció.
No había luz más allá.
No porque la luz hubiera desaparecido.
Sino porque finalmente comprendí
que aquello que buscaba iluminar
también era parte de la oscuridad.
Y allí,
en ese margen donde el lenguaje termina,
dejé mi último mapa.
No para indicar el camino.
Sino para demostrar
que alguna vez
alguien estuvo allí.