Leoness

El eco de los cuerpos mudosĀ 

Tus palabras se vuelven mariposas de plomo

y caen en mi oreja como gotas de mercurio.

 

Me hablas de celos con sabor a niebla,

de fantasías que reptan por el techo de la habitación,

y yo te devuelvo, en el eco,

mis mismos celos, revestidos de lana y vidrio,

mis mismas fantasías horadando la pared.

 

Usamos el mismo idioma de espejos rotos,

pero mi voz te atraviesa como una aguja en el agua,

y la tuya me cruza los ojos sin tocar mis pupilas.

 

Hablamos de lo mismo pero habitamos planetas distintos:

los argumentos son cometas ebrios que se cruzan en la noche,

rozan sus colas de fuego,

se saludan de lejos

y jamás se detienen.

 

Es un diálogo de estatuas transparentes,

un dilema tejido con hilos de humo.

 

En este amor abstracto que nos flota en los hombros,

donde las palabras son pájaros ciegos chocando en la bruma,

solo nos queda el ancla.

 

Sólo el naufragio helado de los cuerpos,

cerrar la boca, encender la carne,

dejar que la piel devore el malentendido

y que en la noche desierta

solo exista el sexo,

devorándolo todo,

sin decir nada más.