No toco en ti la herida de los días
sino un destello dócil y encendido;
tu piel me da la calma de una casa
donde jamás ha entrado el tiempo frío.
Bajo el cristal sonámbulo del pecho,
tu voz no suena: vibra como un coro,
y esa señal que cruza por tu frente
se vuelve un trazo de metal y oro.
Miras despacio y el paisaje cede,
la sombra se retira a tu costado;
te creo eterno porque el miedo calla
cuando te tengo cerca y desarmado.
Pero de pronto apoyas en la mesa
tu mano con un peso fatigado:
y el resplandor se apaga, y solo quedas
tú, respirando a tientas a mi lado.
Antonio Portillo Spínola ©