Hay deseos que nacen en silencio,
como fuego debajo de la piel,
no preguntan si está permitido,
solo despiertan
y comienzan a arder.
La mirada se vuelve peligrosa,
la distancia parece un castigo,
y dos cuerpos, sin tocarse,
pueden convertir el aire
en un secreto compartido.
Es el deseo carnal:
animal antiguo,
instinto vestido de humanidad,
una voz que susurra
lo que la razón intenta callar.
No siempre busca amor,
ni promete eternidad;
a veces solo quiere
el temblor de una cercanía,
la fiebre de un instante,
la dulce locura de querer.
Pero hasta el deseo conoce límites:
porque querer no significa poseer,
y la verdadera pasión
no necesita cadenas
para hacer arder la piel.
Así vivimos,
mitad pensamiento,
mitad instinto;
ángeles con hambre,
bestias que aprendieron a soñar.
Y cuando el deseo finalmente calla,
queda en la memoria
como una llama apagada:
sin humo,
sin cenizas,
pero todavía caliente.