Jhondy Algenys

El hambre de la carne

Hay deseos que nacen en silencio,

como fuego debajo de la piel,

no preguntan si está permitido,

solo despiertan

y comienzan a arder.

 

La mirada se vuelve peligrosa,

la distancia parece un castigo,

y dos cuerpos, sin tocarse,

pueden convertir el aire

en un secreto compartido.

 

Es el deseo carnal:

animal antiguo,

instinto vestido de humanidad,

una voz que susurra

lo que la razón intenta callar.

 

No siempre busca amor,

ni promete eternidad;

a veces solo quiere

el temblor de una cercanía,

la fiebre de un instante,

la dulce locura de querer.

 

Pero hasta el deseo conoce límites:

porque querer no significa poseer,

y la verdadera pasión

no necesita cadenas

para hacer arder la piel.

 

Así vivimos,

mitad pensamiento,

mitad instinto;

ángeles con hambre,

bestias que aprendieron a soñar.

 

Y cuando el deseo finalmente calla,

queda en la memoria

como una llama apagada:

sin humo,

sin cenizas,

pero todavía caliente.