Amor marchito
Cuando algo envejece antes de tiempo, muere antes de tiempo.
Detener en el limbo nuestros pasos en algún imaginado éter, donde tú, yo,
y este amor nuestro sea...
¡Perfecto!
No cabe.
Somos la savia del ayer tratando de sobrevivir en el desierto de hoy, gotas verdes, asoleadas bajo el grito del sol.
El desierto son nuestras disputas, donde lo sagrado perdió significado, el amor quiso continuar a pesar de que lo sagrado se había ido,
y el dolor aguardaba a cada paso tuyo y mío.
El sol gradualmente consumió la sangre verde de nuestro prematuro matrimonio, ¿Qué decirte?
nuestro noviazgo bendecido, que aún bendigo en el bautismo del Jordán junto al Nazareno.
Ahora nos marchitamos en los senos de un infierno con una lengua corva y delgada.
Tú no te llevas nada mío ni yo me llevo nada tuyo. Es el pacto de una entrega
que claudica.
Quizás ahora sepas decirlo con belleza, y ahora que la belleza habla
desde la boca de Dios:
cuando encuentres otro amor no lo marchites al lado del nuestro,
a la par de esta flor que quedará por siempre con su calavera entre nosotros.
Colapsan los sueños, los anhelos, el futuro que pronunciamos,
y este amor marchito, se acostará por siempre
al lado de quienes han amado
con un amor
asesinado.
Pero luego viene el milagro, porque el amor que se marchita, no renace,
sino que se rehace.
¡Fue inmortal! Y ninguna mano opaca puede quemarlo
cuando hay reconciliación
entre tú y yo.