Autoimagen
De niño imaginó con ser galeno,
fundar asociaciones,
llevar a las regiones
la dicha de ser bueno
y un día hasta soñó vencer a un trueno.
Y luego imaginaba en su cordura
la lucha empedernida,
donde su propia vida
sería de amargura
por ser de singular nomenclatura.
Veía en el espejo su reflejo
y al tiempo, sollozaba,
su rostro comparaba,
mirando disparejo
los gustos y defectos de un complejo.
Oyendo los silbidos altaneros
las lágrimas caían;
las críticas corrían
en todos sus senderos
y el niño se lamenta en los potreros.
Sentado en una piedra indescifrable,
pensaba tristemente,
los ojos de la gente
te vuelven vulnerable,
mas nada es superior e inevitable.
Consciente de su imagen corporal,
miró al horizonte
y dijo, solo el monte
conoce el pantanal
de un brote supremo y secuencial.
No puedo renegar de lo que soy,
tampoco lo que sueño;
yo soy el propio dueño
y donde quiero estoy,
por tanto, no me afecta donde voy.
Un médico no puedo ser ahora
y sobran las razones,
lejanas emociones
me dicen que la aurora
atiende la inocencia y la atesora.
Pero ya lo dijeron los vecinos,
no tengo yo la fuente
de ser concretamente
antídoto en caminos
que pueda combatir males y tinos.
Mas tengo la certeza de ser justo
la ley y abogacía;
y es mi propia vía
la que me pone a gusto,
pues sé, con lo que tengo no disgusto.
Y sé que puedo ser un poco más,
si sueño y lo persigo:
que todo va conmigo
sin dar un paso atrás,
retando mi camino y lo demás.
¡Adiós a los fantasmas que un día tuve,
ya todo lo olvidé,
ni importa si lo sé;
tan solo donde estuve
y cada sensación que me contuve!
El niño que soñó con ser galeno
no pudo dar el paso,
y vio, que su fracaso
estaba en el terreno,
en donde no se encuentra nada bueno.
Samuel Dixon