Eduardo Villacal (seudónimo)

Vení.

Vení.
Vení y que se desordene todo:

que revienten los relojes,
que el diario de ayer
anuncie la hora de mañana,
y que la leche hierva por amor
o por las dudas.

Vení,
vos, incendio de buenos modales.
Vení,
que ya no voy a compararte con nada
porque todo lo que existe
no te alcanza.

¿Con qué querés que te compare?
¿Con las flores?
Cadenas de carbono bien disciplinadas.
¿Con el mar?
Agua salada con delirios de grandeza.
¿Con la luna? La luna,
la luna es una lámpara prestada.

Vení,
y hablame un poco
que no te miro,

porque si te miro el cuello
pierdo el hilo,
y si te miro el hombro
pierdo el tren,
te miro
y pierdo las llaves,
los documentos
y las discusiones
que venía ganando.

Vos,
vení con tu cicatriz chiquita
que no sé de dónde viene
y que me gusta más que cualquier estatua griega.
Vení tan hermosa como quieras,
como quien no sabe leer un mapa
pero llega igual.

Vení,
y que el mundo espere.

Que se le enfríe el café.
Que saque número.
Que junte pis.

Que aguante
hasta que se le baje el humo
o hasta que alguien, en algún lado,
llame a los bomberos.