Te quiero con un amor de todos los días,
del que se ofrece sin tanto misterio
en la tibieza de la cocina,
en la almohada que compartimos en silencio
y en la manera en que nos buscamos la boca
como quien dice simplemente «buen día».
No sé si este milagro nos dure la vida entera
o si sea apenas un refugio de paso,
un rincón prestado en el calendario;
la verdad es que no me importa el tiempo
siempre que el presente nos encuentre juntos.
Me gusta saber que estás conmigo porque quieres,
con tus alas intactas y tu puerta abierta,
sabiendo que eres libre de marcharte
y que, precisamente por eso,
decides quedarte a la orilla de mis manos.
A veces pareces algo sagrado y lejano,
como una luz que me cuida desde arriba,
pero basta que sonrías
para que bajes de tu cielo particular,
te vuelvas de carne y hueso,
y me abraces así,
tan humana,
tan tierna,
tan mía.