Crucé el Pacífico buscando la calma,
el orden sublime de un mundo distinto,
donde el respeto se vuelve una norma
y la vida transcurre con suave instinto.
Admiré jardines, musgo y piedra singular,
los arces de fuego, el silencio formal,
esa clase de vida sutil y cabal
que hace de cada detalle un altar.
Pero quiso el destino vestirse de audaz
y ponerme frente al plato prohibido:
el fugu sutil, el pez peligroso y voraz,
un vicio tentador, un filo escondido.
Cada plato temblaba con gracia velada,
un suspiro mortal en forma de corte,
sentí el labio helado, la sangre erizada,
rozando el misterio que no tiene norte.
A punto estuve de no volver a mi tierra,
de quedarme atrapado en aquel fino aliento,
admirando a Japón mientras el ojo se cierra,
suspenso en el aire, eterno en el viento.
Hoy guardo el recuerdo de un viaje supremo,
del orden, la gracia y aquel miedo atroz,
y a ver cómo viven en el otro extremo,
¡y casi me despido con plato de fugu en la voz!
¡Qué globo tan extraño de tetrodotoxina!