Menesteo

En la soledad de sus pensamientos

En la soledad de sus pensamientos

 

Con sus lentos pasos, inmerso camina con sus pensamientos por la callejuela,

una estrecha calle donde el sol no llega, cubriendo de sombra todos ese camino

que le va dirigiendo hasta la plazuela, donde allí se encuentra con la antigua iglesia

y sus altas torres de campanas viejas, de fundido bronce que, a difunto suenan.

Allí, esperan todos con sus ropas negras, con caras muy serias de resignación.

Hacía ya tiempo de su larga ausencia y pocos sabían dónde se encontraba,

habiendo partido del pequeño pueblo sin dejar certeza de donde habitaba

y fueron las causas de tales desgracias las que se pusieron, a seguir su sombra

cual cuerpo vagando ante sol del estío. En la margen de un río, allí se encontraba

en una cabaña muy destartalada, hecha de maderas y plásticos viejos   

con techo de cañas y algunas palmeras. Tenía una barba muy espesa y el pelo muy largo,

con raídas ropas y medio descalzo, ligero de carnes, sus pies y sus brazos.

Nada había salido como él esperaba y el tiempo pasaba sin hallar la forma de encontrar

trabajo y tener un sueldo bien remunerado y volver a casa donde están sus padres y ofrecerles

todo lo que había ganado y hacerlos felices con su nuevo trabajo.

No alcanzó la gloria, todo lo contrario, pasaban los días y al ver su fracaso, se negó a volver

con las manos vacías y un gran desengaño.

Cuándo le dijeron con palabras tiernas, los tristes motivos del citado encuentro, sus

ojos vidriosos de opaco cristal lloraron las penas cuán un vendaval, quedó arrodillado en la

húmeda tierra dentro de la choza donde él vivía, pidiendo la muerte como triste final.

No lo abandonaron, allí se quedaron junto a su cabaña viendo aquel despojo sin poder hablar,

porque en su garganta un nudo tenía que a él le impedía hasta respirar, ahogando su cuerpo

de triste agonía y mucho pesar.

Con los ojos fijos sin dónde mirar, allí lo asearon, sin decir palabras hasta verlo listo para

caminar y volver al pueblo donde lo esperaban de cuerpo presente, en dos ataúdes delante

el altar, su padre y su madre antes de marchar, a la santa tierra de la eternidad.

 

 José Ares Mateos