Todo empezó
un ocho de agosto,
un mes primaveral
donde las aves
suelen el cielo surcar.
En una tarde veranera
eché mis miedos a la nevera
y decidí salir
en busca de una oportunidad.
El miedo
y la incertidumbre
cubrían mi cuerpo,
pero en mí había un anhelo
que me obligaba a seguir.
Acudí al sitio del encuentro
bajo un tormento
de desasosiego y temor,
no por lo que pudiera pasar,
sino por lo que pudiera negar.
Llegué
con el temor típico
de que tus miedos
te alejaran de mí,
como yo buscaba
que los míos
me alejaran de ti.
Sin embargo,
empoderé mi alma
y respiré profundo
para mantener la calma,
y me encaminé
hacia ti.
Hice sonar mi teléfono,
y al otro lado
escuché acentuarse
tu melodiosa voz.
A pesar de que esperaba
que no contestaras,
tu voz pude escuchar,
y entonces
tu imagen apareció
por el portón
de tu casa.
Eras mejor
de lo que había imaginado.
Estabas ahí,
con tu cabello rizado,
tus ojos amarillos,
que a mi alma
le dieron brillo,
y tu sonrisa nerviosa,
que te acompañaba.
Entonces
nos vimos a los ojos,
y supe
que aquí
todo empezaba.
Hoy
no solo estás
en mi mente,
sino que eres
mi presente,
mi realidad
y parte de mi alma.
No puedo decirte
que espero tenerte
por el resto de mi vida,
pero sí que añoro
que estés
en mi día a día.