Hay un sin fin de guerras sobre la acera
que permiten a los fantasmas vagar
entre cortinas de polvo y humo.
En mirar al cielo y detener su esencia
cómo auto averiado; somos la interrogante.
Somos las hojas que están sobre el suelo
que son pisadas hasta quebrar nuestras entrañas,
aún así, nos levantamos como gigantes
después de una larga invernación,
decididos a tapar el sol con las nubes
sin dejar de hacer temblar el piso.
Estamos decididos a beber del día, a comer la tarde
y bañarnos con la noche,
cuando al fin la ciudad agoniza.
Y depende de nosotros seguir con el ritual,
danzar bajo la hoguera en un aquelarre
o meditar sobre la muerte,
lo que sea más fácil para nosotros
estas criaturas del espacio;
frágiles como las estrellas,
pero resistentes como la piedra.
No sabes el peso de nuestra huella
hasta comprobar que Dios
es un niño jugando con una caja de hormigas.